domingo, 3 de enero de 2021

 

VILLARDOMPARDO, EPIDEMIAS Y ERMITAS

 

A lo largo de la historia se han producido diferentes brotes de peste que en algunos casos han cambiado su curso de manera importante. Uno de los más conocidos fue la “Peste de Justiniano” (541-549) que afectó al Imperio Romano de Oriente (con capital en Constantinopla) provocando un altísimo porcentaje de fallecimientos, difícil de calcular a día de hoy. Pero sin duda, el brote más conocido de esta epidemia aparece a finales de la Edad Media y tuvo unas consecuencias devastadoras para la población y la economía europea. En 1348 la enfermedad entró a través de los puertos del Mar Negro y se extendió con gran rapidez por Europa, afectando a casi todo su territorio. El porcentaje de muertes fue muy alto, todavía no se ponen de acuerdo los historiadores en cuál pudo ser, se habla de un 40%, 50% o incluso hasta de un 60%; de todas formas marcó un antes y un después en la historia del continente. A este brote le siguieron otros con desigual incidencia y menos virulencia a lo largo de los siglos.

En el ayuntamiento de Villardompardo no poseemos actas capitulares anteriores a 1592, que es donde mejor se reflejan las incidencias de plagas y epidemias en la población, aunque sí tenemos libros sacramentales en el archivo parroquial desde 1565, pero en  ellos tampoco hemos encontrado ninguna mención significativa de epidemias u otras calamidades durante el siglo XVI.

Existe mucha información sobre los diferentes brotes de peste en la provincia de Jaén. Están bien documentadas las epidemias de 1602, 1649, 1681, y algunas de ellas también las encontramos reflejadas en los archivos municipales de Villardompardo.

Según se dice en el artículo escrito por Dª María Antonia Bel Bravo, de la Universidad de Jaén, titulado “La Religiosidad Asistencial en el Jaén del Siglo XVII”, en Julio de 1602 se cierra la ciudad de Jaén por la proximidad de casos de peste en la cercana localidad de Villardompardo.

Estas muertes que se mencionan en el artículo, pudieron ocurrir uno o dos años antes, ya que en el cabildo celebrado en el ayuntamiento de nuestra localidad, con fecha 12 de julio de 1599, se hace referencia a la declaración de una epidemia de peste, aunque no se menciona de forma clara que afectara a este pueblo. Lo que sí se deja claro es que se tomaron medidas, como por ejemplo: poner cerca (valla o tapia) en aquellos sitios donde fuera necesario, y dejar dos puertas para el servicio de los vecinos. Se impusieron penas a todas aquellas personas que entraran o salieran saltando las tapias, a los que osaran albergar en su casa personas forasteras, ropa u otra cosa, ni “dejar salir o entrar por corrales y postigos a personas ajenas”. También se dio la orden de que cada vecino barra y riegue la parte perteneciente a su casa.

En el cabildo del 8 de enero de 1600, se llegó a varios acuerdos bastante curiosos, por ejemplo: se ordenó que la puerta del hospital, que se había puesto en la Calancha (así viene escrito en los archivos), sea devuelta a su lugar por haber cesado el motivo que provocó el cambio. Es decir, la puerta del Hospital (hospedería) situado en la calle de Atocha, fue colocada en la calle Ancha para evitar el paso de personas contagiadas al interior del pueblo. Cuando cesaron los contagios, se ordenó que dicha puerta fuese colocada de nuevo en su lugar de origen.

Esta decisión de retirar la puerta fue tomada con demasiada prisa, ya que en el cabildo del 29 de junio de 1600 se declara abiertamente una epidemia de peste en la localidad. Debido a ello, se endurecen las penas a toda persona que no cumplan las medidas que el ayuntamiento había dictaminado. Sólo se deja la puerta del castillo para la entrada y salida de transeúntes. No debemos entender como “puerta del castillo” la de la fortaleza, sino alguna otra que existiría y serviría de entrada al pueblo, eso sí, muy cerca del castillo.

 Sin duda, el conde (D. Juan de Torres y Portugal) no querría tener cerca de su residencia la entrada o salida de posibles enfermos, así que en el cabildo del 20 de agosto de 1600 se ordena el cierre de esa puerta y en su lugar se abre de nuevo la de la “Calancha”, a la cual se le pone un guarda para que vigile cuáles son las personas que entran y salen del pueblo. La casa del presbítero, que estaba en la “plaza del


palacio” (seguramente se refiere a la actual Plaza del Castillo, foto) había quedado fuera de la cerca, por lo que se ordenó levantar una tapia para que dicha casa quedara dentro.

Como vemos, la medida más común para evitar los contagios era cercar los pueblos que carecían de murallas como el nuestro, y dejar algunas puertas para controlar la circulación de personas. Un pueblo pequeño y pobre como era Villardompardo, no podía permitirse el lujo de levantar murallas de piedra, así que la cerca se reducía a unas tapias que cerraban las calles que daban al campo y se colocaban puertas en algunas de ellas, en este caso sólo dos, las demás calles estarían totalmente cerradas al exterior. Las tapias de los corrales que daban a las afueras servían asimismo de cerca, y se penalizaba a los vecinos que permitían el paso de personas forasteras saltando las paredes de dichas casas.

En el mismo artículo de Dª María Antonia Bel Bravo, también se menciona un segundo contagio de peste en 1649, que afectó de forma gravísima a la ciudad de Sevilla y, cerca de nuestra localidad, también a Torredonjimeno. No tenemos actas capitulares desde 1610 hasta 1674 en el Archivo Municipal de Villardompardo, así que no sabemos la incidencia real de ese brote en aquel año, pero seguro que nos afectó, por la estrecha relación que existía entre ambos pueblos.

También se habla en ese mismo artículo de otro brote de peste en febrero de 1681, pero en este caso en la localidad de Baeza. Jaén toma medidas para evitar el contagio y al mismo tiempo ofrece todas las ayudas necesarias a Baeza, cosa que esta última ciudad agradece a Jaén.

 Al año siguiente se hace mención de este brote en las actas capitulares del Archivo de Villardompardo, ya que el 29 de Junio de 1682 viene al ayuntamiento el juez D. Juan Bravo de Rivera con una carta del señor Conde, por la que se debían tomar todas las medidas necesarias para evitar el “contagio” en la localidad. Parece ser que había que tener especial cuidado con las personas procedentes de Martos, Torredonjimeno y Jamilena, donde se habrían declarado algunos casos de la enfermedad. Para ello se ponen guardias en la entrada de la calle Ancha (Calancha), por donde pasaban los forasteros que venían con sus productos para comerciar en Villardompardo, y en el “postigo” que comunicaba el palacio con la calle del Hospital y ermita de Nuestra Señora de Atocha, donde últimamente se estaban administrando los Santos Sacramentos por encontrarse en obras la iglesia parroquial (es la primera noticia que tenemos de una obra en la iglesia de Villardompardo)

     Se nombraron a quince personas para guardar las puertas por turnos. Cada turno duraba un día natural, desde que se tocaban las campanas para las oraciones hasta el toque del día siguiente. Había pena de cárcel para aquellos de los nombrados que no cumpliesen con su obligación. La lista de aquellos que tenían que hacer los turnos viene al final del escrito, y en ella están incluidas las personas con cargos importantes en el pueblo: alcaldes ordinarios, alguacil mayor, escribano, etc. El 6 de octubre de ese mismo año, se sigue hablando de la peste y se decide poner cordón a la villa de “Torreximeno”, y se guarde de sus vecinos sin dejarlos pasar a ninguna parte. Como podemos comprobar, siempre se dejaban las mismas salidas y entradas al pueblo, una en la calle Ancha (más arriba de donde ahora termina dicha calle) y otra probablemente en la esquina entre la calle Los Molinos y El Parral (foto)

La desolación y desesperación que provocaban las epidemias en la población, era la causa de que las personas se encomendasen a Dios o a la intercesión de algunos Santos relacionados con dichas plagas. Desde muy antiguo era frecuente encomendarse a San Sebastián, uno de los primeros mártires cristianos (Narbona en el 256 d.C. y muere en Roma en el 288 d.C.) y más tarde también a San Roque (nacido en Montpellier hacia 1295 y muerto en Lombardía hacia 1348, hay muchas dudas en estas fechas). Durante los siglos XIV, XV, XVI y XVII, las poblaciones se encomendaban frecuentemente a estos dos Santos para evitar o minimizar los efectos de las epidemias, sobre todo la Peste, la más temida y mortal. En muchos pueblos y ciudades se levantaron numerosas ermitas bajo su advocación, normalmente al borde de los caminos que daban entrada a los pueblos, de esa forma se intentaba limitar de alguna forma la entrada del mal.

En Villardompardo tenemos documentadas la existencia de esas dos ermitas bajo la advocación de cada uno de los Santos. La de San Roque existe hoy en día y en perfecto estado de conservación, gracias a la preocupación de sus actuales propietarios por su restauración. En cambio, la de San Sebastián se perdió hace muchos siglos y apenas tenemos referencias de ella, pero es posible que hayamos encontrado su ubicación exacta gracias a lo que recuerda una persona mayor sobre lo que podrían ser sus restos. Pero antes debemos comenzar desde el principio.

Son muy pocas las referencias que aparecen sobre Villardompardo tras su conquista. En el libro titulado “Aldeas y Cortijos Medievales de Jaén” de Eva María Alcázar Hernández, nos dice en su página 160 que Villardompardo aparece en 1311 como una parroquia incluida en el término del Arciprestazgo de Jaén. Es lógico pensar que tras la conquista de una población, por pequeña que fuese, necesitara un lugar de culto cristiano para los nuevos colonos.

En el Sínodo celebrado en 1511 a iniciativa del obispo D. Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, surge la idea de elaborar un listado de ermitas de la diócesis Baeza- Jaén. Dicho listado aparece publicado en el libro titulado “Obispado de Jaén-Baeza, Organización y Economias Diocesanas (siglos XIII-XVI)” de José Rodríguez Molina. En su página 37, aparecen en Villardompardo dos edificios dedicados al culto cristiano e incluidos en el apartado de “parroquias” pero no de “ermitas”. Estos son: Santa María


del Atocha y Santo Antonio de Padua
(foto), todo ello referente a ese año de 1511. La actual parroquia de “Nuestra Señora de Gracia” no aparece, ya que en ese año aún no se había construido. Como sabéis, en la clave de la bóveda de crucería del baptisterio de dicha parroquia aparece la fecha de 1545. De todas formas, no podemos asegurar si existía un edificio anterior en el mismo lugar de la actual parroquia, pero en el listado al que hemos hecho referencia no aparece nada.

D. Francisco Juan Martínez Rojas, me ha facilitado una serie de datos muy valiosos para esclarecer, o por lo menos acotar, el tiempo en el que se construyen otras ermitas en Villardompardo durante el siglo XVI, y que al menos dos de ellas estuvieron relacionadas con los diferentes brotes epidémicos durante ese siglo. Resulta que en 1589 el obispo de Jaén D. Francisco Sarmiento de Mendoza, envía un informe al Papa Sixto V con todas las ermitas existentes en cada municipio de la diócesis. Desde 1585 el Vaticano implantó la obligación a los obispos de mandar dicho informe cada cinco años. En el informe de 1589 referente a Villardompardo, aparecen cinco ermitas, además de la Iglesia Parroquial. Estas son: Santa María de Atocha, San Antonio de Padua, San Roque, San Cristóbal y San Sebastián. Está muy claro que las tres últimas fueron construidas entre 1511 y 1589, porque las dos primeras ya existían antes de 1511. La suerte que corrió cada una de ellas fue muy distinta.

La de Nuestra Señora de Atocha ha sido sin duda alguna la más importante y quizá la más antigua del pueblo. Se habla de ella en muchas ocasiones, tanto en documentos eclesiásticos como en los del ayuntamiento. Ya se han publicado artículos sobre la misma que podéis encontrar en este blog (el 28 de septiembre de 2014). Hoy sigue existiendo en perfecto estado de conservación, donde se rinde culto a la Virgen de Atocha y es uno de los rincones más típicos y entrañables del pueblo.

La ermita de San Antonio de Padua existió al menos desde 1511. Durante varios siglos tuvo un papel importantísimo, ya que fue la sede de la antigua Cofradía de la Santa Vera Cruz, encargada de organizar las procesiones de Semana Santa durante siglos. En 1775 tenemos las últimas noticias del edificio y tal vez ya no existiese a principios del siglo XIX. Su ubicación está bien localizada, se encontraba a unos cincuenta metros del comienzo del Camino del Conde, en el margen derecho según nos alejamos del pueblo. También podéis encontrar dos artículos sobre la misma y la Cofradía de la Santa Vera Cruz de Villardompardo en este mismo blog, publicados el 14 de abril y el 8 de mayo de 2019

De la ermita de San Cristóbal sólo tenemos la referencia del informe de 1589. No se ha encontrado hasta ahora ningún otro documento donde se haga mención de ella, aunque su ubicación no parece difícil, ya que en el Cerro San Cristóbal había un rectángulo de unos 4 x 3 metros, o incluso menos, donde se había alisado la roca para allanar el suelo de la ermita. Uno de sus laterales también se podía apreciar, porque se había rebajado la piedra para nivelar el terreno. Se encontraba en la parte alta del cerro y hoy en día sus escasos restos están enterrados por un relleno de tierra que se hizo hace pocos años.

De la ermita de San Roque tenemos la primera referencia en el informe de 1589, sin duda fue construida al borde del camino de la Fuensomera (actual carretera) para proteger al pueblo de las epidemias. En las actas capitulares se habla por primera vez de ella en el año de 1593. E

n el cabildo del 27 de marzo de ese año, se da la orden de que no pasten cerdos, yeguas ni ganado vacuno desde “las zahúrdas” al cerro San Cristóbal y desde la ermita de San Roque hasta el camino de la venta (se refiere a la venta de la Fuensomera, actual cortijo de los estacares segundos). Desde 1593 no encontramos más referencias a dicha ermita en ningún otro documento, hasta el año 1866, como veremos después.

En el Catastro del Marqués de la Ensenada (1751), dónde se declaran todas las edificaciones del casco urbano y extramuros de la localidad, no se habla de ella, pero sí de las ermitas de la Virgen de Atocha y San Antonio de Padua, donde incluso vivían sendos ermitaños acompañados de sus respectivas familias. Así que es casi seguro que la ermita de San Roque ya estaría en estado ruinoso, y la de San Cristóbal y San Sebastián igualmente desaparecidas o en ese mismo estado.

Un acontecimiento curioso ocurrido en 1866, saca de nuevo a la luz la antigua ermita de San Roque. Resulta que Dª María Dolores Ortega Cámara, madre de José y Manuel García Ortega, se comprometió a reconstruir la ermita que se encontraba en ruinas. La causa fue un acontecimiento que les ocurrió a sus hijos y que ella consideró como milagroso. Tras su reconstrucción, el pequeño edificio pasó a su propiedad y hoy sigue perteneciendo a sus descendientes. También se publicó un artículo sobre esta ermita que podréis leer en este mismo blog (7 de agosto de 2013)

Es la ermita de San Sebastián la que sin duda me ha motivado para escribir este artículo. La primera referencia es el ya mencionado informe del obispo enviado al Vaticano en 1589. Como ya hemos comentado, su construcción oscila entre 1511 y 1589 y seguramente algún brote de peste acontecido en ese periodo, o el miedo a la enfermedad, sería el motivo de su edificación. El gran problema era averiguar su ubicación, pero la suerte hizo que nos encontrásemos con el siguiente párrafo en las actas capitulares de enero de 1601: “se había sacado piedra de la Hoya Marta y Cantero, junto a San Sebastián, y mandaron que dicha piedra se trajera a la plaza de la villa y se subaste la obra de la casa consistorial para que la hiciera el que más bajo pujara”.

El siguiente problema era averiguar dónde se encontraba la Hoya Marta y Cantero. Resulta que el padre de Emilio Gay tiene tierra en la vaguada de las “alcantarillas”, y en las escrituras antiguas figura el nombre de “Hoya Marta” para referirse a ese lugar. Una vez que ya tenemos localizado este sitio, podríamos considerar que “Cantero” sería toda la zona situada entre esa misma Hoya Marta y el campo de fútbol, donde la piedra caliza está en la misma superficie y pudo servir como cantera para extraer

dicho material y ser utilizado en algunas construcciones de la localidad, como fue el antiguo ayuntamiento. Ya sólo faltaba localizar el lugar exacto de la ermita, que sin duda estaría al borde del camino de la Fuensomera (actual carretera) y en la zona que conocemos en Villardompardo como “Las Alcantarillas”. Dicha información nos la proporcionó Juan Manuel Armenteros Cámara (padre de Julio). Resulta que a principios de los años cincuenta (alrededor de 1952), Francisco Moya Ávila, conocido en el pueblo como “El Primete”, compró un solar que hoy en día es la última casa del pueblo, o la primera, según se mire. En ese lugar jamás existieron casas, ya que el pueblo apenas traspasaba en aquellos años cincuenta la ermita de San Roque (unos 300 metros más cerca del pueblo que la de San Sebastián), sin embargo, existía en ese mismo solar un antiguo muro bastante grueso, que podría ser de tapial o de piedra (no lo recuerda bien), y que se encontraba a la izquierda según miramos de frente a esa casa. El mismo muro sirvió a “Juanito” para poner las reglas y construir sobre él uno de los laterales de la nueva casa de Francisco Moya, donde nunca había existido casa alguna en ese lugar, pero con una altísima probabilidad, sí pudo situarse la ermita de San Sebastián. Son muchas las coincidencias que tenemos para considerar a este lugar, como el solar sobre el que se levantó, en algún momento entre 1511 y 1589, la ermita de San Sebastián, que sería la primera en protegernos de la entrada de todo mal.

En la foto que sigue, os muestro el contorno que tendría el pueblo en 1589 y la situación de cada una de las cinco ermitas.

 


Podemos apreciar lo siguiente:

● Marcado en rojo tenemos el perímetro aproximado de Villardompardo según el Catastro del Marqués de la Ensenada en 1751. No debería cambiar mucho con respecto al de 1589, ya que el pueblo tenía incluso menos habitantes en 1751 que en 1589. Como vemos, el castillo quedaba extramuros.

● Con flecha azul tenemos la ubicación de la ermita de San Sebastián (1589)

● Con flecha rosa la de San Roque (1589)

● Con flecha naranja la de San Cristóbal (1589)

● Con flecha amarilla la de Nuestra Señora de Atocha (1589)

● Con flecha verde la de San Antonio de Padua (1589)

Todas extramuros de la localidad.

Como conclusión podríamos decir que, a lo largo de los siglos, los pueblos han intentado protegerse de las epidemias que aparecían de forma intermitente de diversas maneras. Una de ellas era aferrarse a sus creencias religiosas, y la otra al confinamiento y aislamiento de los pueblos de alrededor.

 

FUENTES:

- Artículo escrito por Dª Maria Antonia Bel Bravo, de la Universidad de Jaén, titulado “La Religiosidad Asistencial en el Jaén del Siglo XVII”,

- Libro titulado “Aldeas y Cortijos Medievales de Jaén” de Eva María Alcázar Hernández.

- Libro titulado “Obispado de Jaén-Baeza, Organización y Economias Diocesanas (siglos XIII-XVI)” de José Rodríguez Molina.

- Información aportada por D. Juan Manuel Armenteros Cámara y recopilada por su hijo Julio Armenteros.

- Inestimable aportación de D. Francisco Juan Martínez Rojas que no duda en facilitarnos cualquier información sobre Villardompardo siempre que se le pide.

- Actas Capitulares de Villardompardo referentes al siglo XVII

 

                                                                                            Carlos Ramírez Perea. Enero de 2021